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LA TORMENTA QUE VIENELa mala es que cada vez somos más pobres. La peor es que todavía no tocamos fondo. Y la catastrófica es que no hay luz al final del túnel.De ahí nuestra cantaleta de años advirtiendo de los riesgos de la situación cada vez más desesperada de al menos 50 millones de mexicanos en pobreza. Más aún, el agravamiento en los niveles de sobrevivencia de 20 millones, que se ubican en lo que eufemísticamente solemos llamar pobreza extrema y que en cristiano es simple y llanamente miseria; uno de cada cinco mexicanos mordidos por el hambre de cada día.Por eso no sorprenden --sino a los ilusos-- los más recientes datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) que señalan que los ingresos promedio de los hogares mexicanos cayeron 12.3% entre 2008 y 2010 según la encuesta nacional que cada dos años realiza el propio INEGI. Y eso que el porcentaje no considera la inflación, porque en términos corrientes el ingreso monetario en los hogares de México cayó 25% en ese mismo lapso. Como cabeceó "El Universal", un verdadero desplome.Y más grave, incluso, es que en el decil (10%) más pobre de la población la caída fue de un brutal 37%, lo que significa un ingreso real de apenas mil 292 pesos al mes, mientras que el 10% más rico perdió 27% de ingresos monetarios en el mismo lapso, con un ingreso real de 32 mil 470 pesos mensuales. Que no es lo mismo prescindir del vino importado para probar el nacional que renunciar al litro de leche de cada mañana.Con lo que no estoy de acuerdo es con la justificación de que todo se debe a la crisis del mismo periodo. Por supuesto que la crisis global nos pegó como al resto del mundo, pero también es cierto que, por lo pronto, en Latinoamérica fuimos los peor librados en el enfrentamiento de la crisis. Veníamos de un gobierno foxista que dilapidó 400 mil millones de dólares de excedentes petroleros en la engorda burocrática y entramos a un gobierno calderonista de cuates y de cuotas en donde, salvo Agustín Carstens —que se fue porque no aguantó los regaños injustificados—, el resto de sus miembros carece de la mínima calidad profesional para enfrentar los problemas. Esto también cuenta. Y tanto, que ahí están los resultados electorales del 2009, ahora del 2011 y los que vendrán en el 2012.Añada usted el costo de la guerra perdida contra el narco --con todo y sus 40 mil muertos--, no sólo en lo que hace a los miles de millones de pesos, sino al desgaste de un gobierno que ha empleado la mayor parte de su tiempo y esfuerzo en ejecutarla y justificarla en lugar de construir el futuro que ya tenemos enfrente.Lo alarmante es que una nueva tormenta se avecina desde el norte. Donde el gobierno de Obama forcejea con el Congreso para obtener un nuevo techo de endeudamiento que le permita pagar a sus impacientes acreedores chinos, europeos y a los propios estadounidenses tenedores de sus bonos. A cambio --siempre hay un pago-- de meterle tijera al presupuesto y aumentar impuestos. En cualquier caso el riesgo de una recesión es gigantesco. Ya sabemos lo que nos pasa aquí cuando allá estornudan. Por ello no se requiere de pesimismo para anticipar que una todavía más violenta crisis económica está por llegar.Lo más grave es que seguimos sin entender que la pobreza no es un asunto de conmiseración --pobrecitos los pobres--, sino un asunto de Estado. Y también de mercado: a nadie conviene que haya tantos pobres porque luego quién compra. En cambio, si logramos elevar el nivel general de ingreso fortalecemos el mercado interno. Además, la pobreza tiene un costo descomunal porque nos ata al pasado a través de subsidios en transporte, viviendas misérrimas y camas de hospital por enfermedades evitables si tuviéramos mejores niveles nutricionales entre los pobres. Por eso es urgente consensuar con decisión un nuevo modelo económico propio que nos dé, al menos, posibilidades para los años que vendrán. Como han hecho en Singapur, Corea, Brasil, Chile o Perú. Aceptar que el futuro ya nos alcanzó.