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Madrid, 11 sep (EFE).- Hace diez años Estados Unidos sufrió el mayor ataque terrorista de su historia, en una serie de atentados suicidas que dejaron un balance de casi tres mil muertos. La trágica jornada comenzó en Nueva York donde terroristas ligados a Al Qaeda estrellaron dos aviones contra el World Trade Center. Mientras el mundo contemplaba incrédulo la caída de uno de los grandes símbolos del capitalismo financiero, otro avión se estrellaba contra el edificio del Pentágono en Washington. El atentado fue un mazazo contra el corazón defensivo del país y dejó bien claro que Estados Unidos sufría un ataque terrorista coordinado, que algunos compararon al bombardeo japonés sobre Pearl Harbour. El plan se completaba con el secuestro de un cuarto avión que se estrelló en Pensilvania tras un enfrentamiento entre pasajeros y secuestradores. Una década más tarde el inspirador de los atentados y líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, murió en Pakistán a manos de un comando especial del ejército estadounidense. Para muchos su muerte cerró el duelo en que el país se encontraba sumido desde aquel fatídico día.